Y nos volvimos a reunir, ahora en el mundo real y bajo el utópico tejado huehuetocano, con un gran cerro a la vista y un frío que la cerveza se encargó de atemperar.
La crónica ya fue escrita, así que poco queda por decir. La Banda, por pocos que seamos los que nos vemos las caras y estrellamos las botellas, sigue siendo LA BANDA. ¡Salud Cabrones!