Al verte no hubo amor a primera vista, sino esa sensación terrible de saber que mi vida no sería la misma si no formabas parte de ella.
Digna como corresponde a tu raza apenas me miraste sin haberte dado cuenta del efecto que tus ojos verdes habían tenido en mi espíritu siempre dispuesto a dejarse dominar. Apenas llegamos a casa, te apoderaste, altiva, del sillón. Miraste todos los rincones y decidiste que sí, que la casa era digna de recibir tu presencia.
Te estiraste perezosa y sensual a la luz del sol cortada a través de la ventana, y dormiste tu primera siesta, ama y señora de la tarde, de la mirada tonta que puse al verte tan segura y confiada, yo, que me escondo tras los lentes apenas diviso a un desconocido.
Lánguida y serena despertaste horas después buscando saciar la sed y el hambre recién vueltas a descubrir. Sin prisa ni angustia localizaste lo necesario. Sólo ver tus pasos elegantes fue una delicia para mí, que nunca había tenido la fortuna de vivir con alguien como tú.
Pero no todo ha sido dulce, mi hermosa sombra de ojos verdes, has sido cruel y asesina, has destrozado las polillas que entran seducidas por los focos de la sala, has desplumado dos pájaros huérfanos que intenté rescatar del frío y se volvieron juguete de tu ocio, almuerzo que rompió tu dieta de croquetas.
Regañarte no sirvió de nada. Me miraste con esos tus ojos verdes inocentes, maliciosos, codiciosos del calor y mis dedos que te acarician. Y yo me rendí a rascarte la cabeza, pues a final de cuentas, tu naturaleza de gato es así.



